Me instalo en una silla plegable a platicar contigo, Elisa. Se pone despacio el sol, en esta larga tarde de verano. Menos mal que traigo mi sombrero. No encontré las flores esas chiquitas que tanto te gustaban, te traje unas amarillas que huelen rico.
No suelo venir aquí a visitarte porque aquí nomás están tus huesos. Lo otro, lo que no se ve, siempre está conmigo.
Ayer me encontré unas fotos en el cajón de la cómoda del fondo del comedor. Y me di cuenta de que hace mucho que no te platico de nuestra familia. Por eso vine hoy. Las fotos eran de la boda de Sofía. ¡Ay, esa niña! Siempre fue tu preferida, aunque no lo reconocieras. También la mía, después de Juanjo, que nos salió muy serio y responsable. Sé que nuestros cuatro hijos fueron el centro de tu vida, y no querías lastimar a ninguno mostrando preferencias, pero yo con Juanjo respiro con alivio, pues en el futuro se encargará de los negocios que tú y yo iniciamos. Y moriré sin penurias.
Si resucitaras ahora, no entenderías esas fotos, y tampoco imaginarías que yo, a mis 84 abriles, pueda estar tan tranquilo con tanta cosa rara en la familia y en este mundo de hoy.
Ya hace quince años que la última depresión te arrancó de la vida, Elisa.
Te fuiste a tiempo. Han sido años duros. Tuve que aprender y entender que no te mataste por joder. Que tu mente no te dejaba otra salida. Es que con lo terco que soy, me ha costado abrir mi cabezota. Ya no estoy enojado porque me hayas dejado solo. El padre Poncho me ha explicado de tu enfermedad, y de muchas otras cosas que yo antes no comprendía.
Ya ves que a Sofía le picaba el pueblo, y se iba de viaje a la menor provocación. Pues desde tu partida, peor. Se pasó años en cursos y retiros, aprendiendo una bola de cosas de meditación y psicología y no sé cuántos rollos que le gustan a ella, y que a pesar de mis trabas, ella estudió.
Ya no me burlo. Ya hasta yo he ido a unas reuniones muy extrañas que se llaman constelaciones familiares. De eso te platicaré otro día.
Te decía que Sofía viajó muchísimo, pero eso sí, cada invierno regresaba y atendía su hostal frente a la playa donde trabajaba de sol a sol. Con eso se paga sus viajes y ha conocido gente de todos lados que la invitan a quedarse en su casa.
Pero se perdió de muchos eventos familiares, yo creo que me evitaba. Que nos evitaba a todos porque le dolía que no la entendiéramos.
Ya sabíamos que la niña era libre y diferente, ¿verdad? Mira esta foto de la boda. Aquí están los invitados, el juez, los pajes, y todo mundo con cubrebocas, porque fue durante la pandemia. Nos tenían encerrados, asustados y vacunados. Aún así, mucha gente se murió.
Apenas un mes antes, vino Sofía a decirme que se casaba. Ella tenía todo organizado pero no se atrevía a soltarme lo más importante. Estaba nerviosísima; se retorcía las manos y se reía de más, hazte de cuenta como cuando estaba en la secundaria y nos tenía que decir que había reprobado matemáticas. Por fin me soltó que se iba a casar pero no con un hombre, Elisa, ¡con una mujer! Y es que en estos tiempos, además de que se pueden emparejar sin problemas, ya también se pueden casar con todas las de la ley.
Ahorita te lo cuento muy tranquilo, ya me hice a la idea.
Nuestra hija se casó con una mujer, y para colmo, es casi veinte años mayor que ella, y figúrate que es colombiana.
Te contaba que cuando se atrevió a decírmelo, se quedó como esperando que yo la regañara, o le gritara o algo. Pero pues la felicité y le dije que tenía mi bendición. Me dio un abrazote, y se le salieron las lágrimas, toda emocionada. Claro que no le dije que ya me había enterado tres meses antes, por la indiscreción del chismoso de tu sobrino Pablo. Casi lo mato, al hablador. Estuve días muy enojado. No me calentaba ni el sol. Me daba vergüenza que una hija mía, me hubiera salido así. Quería encerrarla, enderezarla, aunque fuera a golpes. Lo bueno es que cuando me enteré andaba ella de retiro, y no contestaba el teléfono.
Me ayudó mucho entonces platicar con el padre Poncho. Él dice que no es una enfermedad, ni es culpa de nadie. Y que no tiene que ser una tragedia. No sé cuántas horas he pasado hablando, y te confieso que a veces, llorando, con él.
La cosa es que nuestra niña, además de ya no ser una niña, es una mujer enamorada de otra mujer. Y se nota que está muy contenta.
Lo que no me vas a creer es que su esposa, o sea, nuestra nuera, es un encanto de persona. Es una mujer muy lista, cariñosa y con gran don de gentes. Despacito, se ha ido ganando un lugar de respeto en la familia. Es una mujer centrada, aunque sea lesbiana. No sabes cuánto nos apoyó ahora que falleció mi hermana.
Pues resulta que la última vez que vinieron, me invitaron a vivir con ellas, allá en Colombia, donde tienen una finca preciosa. Me gustó mucho que me invitaran. No me imagino vivir lejos, pero voy a ir a probar dos meses, a ver cómo nos va. Dicen que ya están tranquilas las cosas en Colombia, mientras por acá se ponen cada vez más tensas por los narcos.
Cuando regrese, te vengo a contar y te traigo fotos para que me digas qué piensas.
Deja un comentario