Desde la cubierta del barco, aspiro el aire marino que impregna mis pulmones.
Cumplí mi misión. Tuve seis hijos, de los cuales, cuatro tienen desdendencia. Su madre murió joven. Nunca pisó América. Visitaré su tumba apenas desembarque.
Regreso a mi tierra, donde podré, por fin, entregarme a Dios y a mi fe.
Quise ser sarcedote; desde muy joven sentí el llamado. Mi padre se opuso. Recuerdo sus palabras: —¿Y quién heredará el apellido si te metes de cura? No. Haz familia y encárgate del negocio, que se te dan bien los números, hijo. A Dios, le visitas cada domingo, y ya está.
Hice más que eso. Todas las mañanas que pude, asistí a la santa misa y tomé la sagrada comunión.
Como en verdad se me dan los números, crecí la empresa en Cuba y luego en México, donde nos establecimos mis hijos y yo. Max, el mayor, quedó en Cuba, atendiendo el ingenio azucarero. Trabé buena amistad con clérigos extranjeros establecidos en la ciudad y aporté el capital para construir el templo de la Colonia Del Valle, cerca de la casa que construí.
Mis hijos no entienden que le dé tanto dinero a la Iglesia. Incluso han tenido la desfachatez de reclamármelo. Yo tengo mis razones. Ellos ya recibieron instrucción religiosa, y si fueran sensatos, serían buenos feligreses. Pero hay cantidad de almas necesitadas, sobre todo, en tierra de indios. El fruto de mi trabajo será bien aprovechado para salvarles a ellos.
Además, he mandado pedir misas para cuando yo muera y he comprado indulgencias para mis descendientes. Tendrán un lugar seguro para el descanso eterno. Sus agobios del presente les ciegan, pero yo sí he pensado en sus almas, y en las de sus hijos, y los hijos de sus hijos.
Dios Nuestro Señor lo sabe y no los abandonará.
Emprenderé algo nuevo en Asturias. Indianos, nos dicen, a quienes fuimos a las Indias y volvemos al hogar. Mis hijas me alcanzarán con el menaje cuando consiga casa en Oviedo, cerca de la catedral que tanto he añorado volver a ver. Y más adelante, me apuntaré a un curso de floricultura en Versalles. En el invierno de mi vida, me dedicaré a cultivar rosas para alegrarle la mirada a Dios, cuando contemple su creación.
Lorenza Villava. 18 de nov. de 24 (Calpe)


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